Beatriz Ferro

 

Para escuchar:

 

El robo (Inédito)
En la llave no está la clave (Inédito)

 

 

El robo

No era la primera vez que aparecía por allí. El visitante recorría las salas del museo mirando los cuadros casi de reojo, por cortesía, hasta llegar a "Jardín en otoño".
Allí se detenía.
Era un jardín simétrico, con dos senderos que abrazaban un macizo central de flores lilas y se perdían a lo lejos. Arbustos como fondo del cantero florido; más arbustos y árboles frondosos en hilera, custodiando el lugar por ambos lados.
Un plácido jardín de otros tiempos, solitario y dueño de sí mismo. Ausente la casa y, si la había, debía ser una casona cerrada y sin gente.
Uno podía recorrer con los ojos los senderos hasta el impreciso horizonte de follaje y preguntarse qué habría más allá, como si el jardín oficiara de antesala de otros paisajes y otros mundos.
Era un buen cuadro, uno de los más valiosos del museo.
La primera vez que el guardián observó a aquel hombre menudo, arrobado ante la tela, no sospechó de él. Pero la escena se repitió varias veces y su desconfianza creció con cada visita.
En una ocasión lo sorprendió atisbando el perfil del marco como si quisiera ver el dorso del cuadro. Otra vez lo pescó mirando nerviosamente a uno y otro costado para asegurarse de que no había testigos.
El guardián sabía que el robo era inminente y trató en vano de imaginar qué recursos usaría, en qué momento, y si tendría cómplices.

 

Un día de lluvia, el museo casi desierto, reapareció el visitante. Se sacudió unas gotas del impermeable y merodeó de sala en sala hasta llegar al cuadro. El guardián se ubicó estratégicamente en un ángulo desde donde no le perdería pisada.

 

Fueron unos minutos de descuido, cuando tuvo que contestar un teléfono que nadie atendía. Aunque volvió rápidamente a su puesto, el visitante ya no se veía. Corrió hacia el cuadro pero no llegó a tiempo para impedir el robo.
La sala estaba vacía.

El guardián lo vio alejarse, inalcanzable.
El hombrecito había llegado casi al final de uno de los senderos de "Jardín en otoño"; unos pasos más y, sin volver la cabeza, se esfumó detrás del muro de follaje.
Lo único que quedaba de él era su impermeable en el piso, debajo del cuadro.
Ya no volvería.
Ninguno de los que han sido robados, por un cuadro han regresado.

 

 

 

En la llave no está la clave

 

La cerrajería del barrio tenía por nombre "Las Llaves del Reino" lo que había contribuido a que Sam, su dueño, recibiera el apodo de Sam Pedro.
Tales alusiones celestiales fueron sin embargo ineficaces para conjurar la infernal ola de asaltos que desde hacía un tiempo padecían los vecinos.
Inútiles la vigilancia y la doble llave; no había puerta ni portón que les cerrara el paso a los ladrones.

 

La figura de Sam Pedro empieza a destacarse cuando pone a la venta "La Sietellaves", cerradura de máxima protección.
Los vecinos que la probaron pudieron dormir tranquilos por primera vez en mucho tiempo. Naturalmente, el vecindario entero corrió a comprarla.
Seguridad, alivio, sueño sin sobresaltos... por unos días.
Los ladrones no tardaron en demostrar que cerraduras y cerrojos eran juego de niños para ellos.
La población superó el duro golpe; nuevo peregrinaje a “Las Llaves del Reino" y cambio de proyecto: en vez de la cerradura convencional, Sam Pedro recomendó la "Ranura segura", un sistema de protección con tarjeta computarizada y alarma.
El gasto valió la pena; los ladrones, desconcertados, se replegaron con la frente marchita... Por un tiempito, hasta que le encontraron la vuelta al sistema y volvieron a la carga con renovados bríos.

 

La situación empeoró como bola de nieve cuesta abajo. Hasta que, un día, Sam Pedro se jugó e importó de Oriente la última palabra en seguridad: los sensores "Ábrete Sésamo" y "Ciérrate Sésamo" que accionaban las puertas con la sola emisión de la voz de los dueños de casa.
Para qué abundar en detalles. Digamos simplemente que se repitió el ciclo y, después de un comienzo esperanzado, sobrevino el fracaso: los malhechores se convirtieron en expertos imitadores de voces, robaron con denuedo y todo volvió a la anormalidad.
Había una lógica en todo eso puesto que cada innovación les demandaba nuevos gastos; tenían que familiarizarse con técnicas novedosas, adquirir herramientas adecuadas, y, en algunos casos, contratar el asesoramiento de un delincuente senior.

Así que, para llegar a fin de mes, tenían que hacer horas extras, esto es, trabajar más, esto es, robar más. Sin contar con que, para los malvivientes de más edad, vencer los obstáculos que les oponían era una cuestión de amor propio y, para los más jóvenes, una cuestión de bronca.

Cuando ya parecía que el problema no tendría solución, Sam Pedro les comunicó a los vecinos que había encontrado una salida más que original, insólita, que hasta podría parecer disparatada. Después de profundas meditaciones había llegado a la conclusión de que los ladrones, cuyos logros cotidianos consisten en desbaratar la endeble seguridad doméstica desconectando alarmas y violentando cerrojos, de ninguna manera soportarían actuar en un ámbito que no les opusiera resistencia. En síntesis, había que dejar las puertas sin llave, preferiblemente abiertas o entornadas. Casi una invitación:
¡Bienvenido, delincuente!

Por increíble que parezca, la propuesta dio resultado. Los malvivientes, pensando tal vez que la comunidad ya no respetaba las reglas que rigen las conductas del asaltante y el asaltado, emigraron hacia barrios más respetuosos de la tradición.

El cambio fue notable. En seguridad, por supuesto. Aunque fue aún más llamativo en lo que a 'Tas Llaves ' del Reino" se refiere, ya no más cerrajería sino sede del CENOU, Centro de Orientación Universal. A partir de aquel acierto, Sam empezó, a ser consultado sobre los más diversos temas. Por comodidad o desidia se dejó la barba, calzó ojotas, y cambió los jeans por una larga túnica. Alguien, uno de tantos, encendió en una de las reuniones la primera varita de incienso.

Los viejos siguieron llamándolo Sam Pedro, pero los jóvenes vieron en él al noble guerrero vencedor de las fuerzas oscuras y lo rebautizaron Sam Urai.