|

Esteban
Valentino
Para
escuchar: 
Una
piedra y una risa
¿En
dónde vive la gente rota?
Una
piedra y una risa
Yo miraba al viejo Candelmo como para descubrirle la mentira
pero no había caso. En esos Ojos de viejo yo le veía
los años acumulados en las arrugas, el cansancio de
tantas cosas que habrían visto y encima le veía
la verdad. Pero de mentira ni pío. Así que dejé
de investigarlo y me senté a creerle. Y para empezar
le pregunté.
Viejo, ¿fue verdad eso que le contó al la semana
pasada?
Porque él algo me dijo pero la verdad yo mucha bolilla
no le dí. No sé. Me
sonó a verso, vio. A medio imposible.
El
viejo me miró sin rabia, sin importarle que un enano
de doce años pusiera en duda su propia vida. Se ve
que ya estaba algo acostumbrado a que los demás lo
vieran raro, como más contador de cuentos que narrador
de cosas verdaderas. Pero bueno, estaba con la historia del
viejo Candelmo. Decía que me miró como siempre
y me dijo.
Pero no sé dónde está lo raro. Le hice
tina promesa a las nubes. Ellas me iban a cumplir. Seguro.
Y bueh, me largué nomás.
Como yo no entendía ni medio le pedí que me
contara todo desde el principio. El viejo Candelmo le pegó
una buena chupada al mate amargo que se estaba cebando y empezó.
Y no paró hasta el final.
El doctor salió de revisarla a mi Inés, mi nenita
menor, y ya por la cara supe que el asunto no venía
bien. No hizo falta que me hablara en palabras difíciles
para que yo entendiera que si no había un milagro mi
nena nos iba a dejar. Cuando el doctor se fue me quedé
un rato mirando al cielo. Usted no sabe mucho de esto porque
es de Buenos Aires y está aquí de vacaciones
y además es muy chico pero aquí en Jujuy el
cielo es más bien hablador. Uno puede conversar mejor
con las nubes cuando alrededor hay tanto silencio. Y las nubes
me dijeron; Candelmo, si el doctor quiere un milagro, ¿por
qué no se lo das? Y me dije yo que las nubes tenían
razón. Así que me fui hasta el ombú ese
enorme que tengo allí nomás de la casa y les
hablé a las nubes. A ellas le hablé con el corazón
para pedirle por mi nena y les dije que para que volviéramos
a oír su risa por la casa me iba a ir hasta la piedra
más sureña de nuestro país a tocarla.
Pero no en micro. Caminando me iba a ir. Aunque tardara un
año me iba a ir. Así que a la madrugada guardé
algunas ropas en un bolsito. Le di un beso a mi esposa que
no se enojó porque sabía de mi intención
de tocar aquella piedra tan fría que estaría
por lo sureña ¿no?. Y me fui. A Inés
no quise verla. Nomás me fui.
El
vielo Candelmo paró un poquito como para tomar aire
y recordar mejor como seguía todo. A esa altura yo
ya no tenía dudas y lo único que quería
era que siguiera contando. El viejo tomó otro mate
y volvió a lo suyo.
Yo no sabía nada de rutas o viajes porque nunca había
salido de aquí, de mi pueblo. Pero sabía que
pegándole siempre para, el sur algún día
me iba a encontrar con la piedra que tenía que tocar
para que Inés pudiera reírse de nuevo. Así
que me puse el bolsito al hombro y empecé a caminar.
Llegué a Salta, después a Tucumán. Comía
lo que podía. A veces hacía algún trabajito
como para ganarme uns pesos y tener para comprar algún
sánguche, algún queso y volvía a darle.
Para el sur, siempre para el sur. Buscando aquella piedra.
Cuando llegué a Córdoba me encontré con
un hombre que me supo escuchar. Y me dijo que había
hecho bien, que si una risa era tan importante como para hacer
semejante caminata debía ser porque la risa valía
la vena. Yo le aseguré que sí, que era como
una cascadita y que sin esa cascadita yo no podría
respirar. Era un hombre muy pobre pero igual trajo unos salamines
que tenía él secándose y me los dio para
que comiera en el camino. En La Pampa ya llevaba tres meses
de caminata. Tiré mis zapatillas que ya no daban más
y me puse el otro par que había puesto en el bolsito.
La gente de la Patagonia es más callada que nosotros.
Por el frío ¿vio?. Muy acostumbrada a encerrarse
en sus casas y al final hablan poco porque hablar es una forma
de salir afuera. Pero sí saben escuchar. Y eso es importante.
Cuando sabían de Inés me hacían guisos
de cordero que por allá hay mucho y a veces hasta guiso
de guanaco que es un poco dulzón pero rico. En Chubut
me quedé unos días esquilando ovejas en una
estancia y seguí para el sur. Por la piedra ¿Vio?
O por la risa, quién sabe.
Yo mucho de geografía no sabia pero sí conocía
lo suficiente como para saber que la historia se acercaba,
como el viejo, al final. Otro mate. Y otra vez a la ruta.
Santa Cruz es casi como un país. Así de grande
me pareció. No se terminaba nunca. Por fin llegué
al agua. Había que cruzar para ir a Tierra del Fuego.
El dueño de un barco me creyó y se ofreció
a cruzarme a y cambio de mi trabajo. Le dije que sí
porque hacía como seis meses que me había ido
y quien sabe si una risa en peligro dura tanto. Cosa rara.
Tanta gente que me encontré y casi todos me creyeron.
Nadie me pensó con la mentira. Será que cuando
uno habla pensando en una risa chiquita que necesita ayuda
no deja la duda en los otros ¿no?. Crucé en
barco y en Tierra del Fuego hice lo mismo que siempre. Al
sur, siempre al sur. Un par de semanas más tarde empecé
a preguntar porque me sentía cerca de la piedra. Y
un arriero de por allá me dijo que durmieramos esa
noche junto a su rebaño que al otro día me llevaría
hasta la piedra, que era grande y que estaba también
cerca de otra agua. Nos despertamos temprano y a eso del mediodía
vimos la piedra. No necesité que el hombre me dijera
nada. Yo sabía que esa era la roca. Me acerqué
despacito, con respeto claro. Me paré delante de ella
y así le hablé: Piedra, le dije, crucé
el país para tocarte, para que una risa que yo no quiero
que se acabe antes que la mía siga sonando en mi casa.
Ahora te voy a tocar. Y entonces puse la mano sobre ella.
El viejo se calló. Era claro que había terminado
aunque yo no esperaba un final tan de golpe. Viejo dijo una
voz de mujer desde la casa-. Véngase para adentro que
ya está haciendo frío.
Ya voy, Inés, ya voy respondió el viejo Candelmo
levantándose con esfuerzo . Me cuida como si fuera
un chico.
Me guiñó un ojo como despedida, me despeinó
un poco con la mano y se metió caminando lento arrastrando
los pies, dando con cuidado cada paso.
INICIO
¿En
dónde vive la gente rota?
Yo les pregunto a mis dos canarios:
¿en dónde viven los solitarios?
Yo
le pregunto al grano de alpiste
¿en dónde vive la gente triste?
Yo
les pregunto a los largavistas
¿en dónde viven los egoístas?
¿en
dónde viven los que no quieren,
los apurados, los que no pueden?
Yo
les pregunto a los que más pesan:
¿en dónde viven los que no besan?
¿en
dónde viven, decime brisa,
los que odian a la risa?
en
fin mi duda grande, grandota:
¿en dónde come, en dónde juega,
en dónde vive la gente rota?
INICIO |