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Ema
Wolf
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Introducción
- La
aldovranda en el mercado
La
aldovranda en el mercado
Introducción
Me
preocupa es costumbre de Fernández de dormir en el
filo de las alturas.
Fernández duerme en equilibrio sobre el borde de los
aleros y las canaletas de desagüe. Provoca escalo fríos
verlo oscilando al viento con los ojos cerrados en la cima
del tanque de agua, la cumbrera del tejado -su lugar favorito,
sobre todo cuando el sol de invierno en tibia las tejas-,
las medianeras y las ramas más altas del árbol
de paltas. ¿Puede alguien que no sea pájaro
descansar sobre un alambre? Él sí. Los días
de lluvia se refugia en el estante del lavadero para enroscarse
en el vértice de una pirámide de latas de pintura
seca y deja colgando medio cuerpo, una pata, una cabeza, una
cola, siempre como para caerse. Todo el tiempo una siente
dos impulsos contradictorios: el de cerrar los ojos, y el
de montar guardia debajo con los brazos en canasta atenta
al momento en que se precipite, pero no es posible vivir así,
vigilando siempre, con el cogote doblado.
Desde
chico no tenía más de cincuenta días
cuando Emilio lo dejó en casa mostró esa peligrosa
inclinación por los bordes, los extremos, las aristas,
los márgenes y cualquier sitio desde donde fuera posible
derrumbarse. Su misma aparición estuvo marcada por
una señal de riesgo aéreo.
Hace unos años Emilio Emilio es nuestro vecino- lo
descubrió encaramado en la punta de su acacia, que
es el árbol más alto de la cuadra; y lo bajó
no porque Fernández diera muestras de sentirse en peligro
sino precisamente porque todo hacía suponer que se
quedaría allí para siempre. Vaya a saber por
qué razón, siguiendo qué impulso, Emilio
tocó el timbre en casa, nos entregó a Fernández
que hasta ese momento nunca había sido nuestro y se
fue. Un gesto tan natural y sorpresivo que no nos dio tiempo
de reaccionar. A ver si se entiende: no parecía un
regalo sino una devolución, sólo que esta vez
no habíamos perdido nada y menos a Fernández,
a quien repito no conocíamos excepto por haberlo visto
ese día en la punta de la acacia. Emilio es uno de
esos vecinos que siempre devuelve la pelota de mis hermanos
cuando cae en su jardín; pero eso no era una pelota,
por lo que no supimos si correspondía darle las gracias
o no. Ahora que lo pienso nunca aclaramos con él ese
asunto.
Desde ese día Fernández está con nosotros.
(El nombre se lo puso mi madre, inexplicablemente, ya que
no es un nombre sino un apellido, que no es el nuestro y ni
siquiera el de Emilio.) De entrada nos resultó gracioso
por los dibujos de la piel: sobre un fondo amarillo se destacan
manchas de contorno complicado que a su vez contienen puntos,
redondeles y líneas sinuosas. Incluso no es simétrico:
su lado izquierdo es completa mentente distinto que el derecho
al extremo de que no parece el mismo según el costado
desde donde se lo mire. Pero no es la piel de Fernández
lo que nos interesa ahora.
¿Por qué esa vocación suya por desafiar
los límites y exponerse al cuete? No sabemos. Es probable
que no lo haga de intrépido, por amor al peligro, ni
porque el vacío lo atraiga con su enorme fascinación
creo haber dicho que usa esos lugares para dormir . Pienso
más bien que se trata de una extravagante conducta
heredada, o que ha nacido sin el músculo del vértigo.
Puede haber otra explicación: Fernández es de
Libra, un signo de aire. Lo cierto es que cualquier otro preferiría
dormir en los almohadones de la casa en lugar de andar pendulando
por los aires; otro sí, él no; jamás
ha dormido sobre un almohadón. La única ventaja
de esto es que no tenemos pulgas adentro.
A veces se cae.
Hace unos días se cayó.
Cayó de la palta como una fruta madura con tanta mala
suerte que dio la cabeza contra la reja del dormitorio. Yo
estaba en la cocina cuando escuché el ruido de ramitas
secas al quebrarse, un golpe, el acorde de arpa de la reja
vibrando y el aterrizaje propiamente dicho. Éste es
Fernández, me dije, y salí pitando. Lo encontré
desmayado sobre el macetón del helecho con un corte
en la mollera. Fue horrible. Cuando lo levanté por
las axilas, el cuerpo se le estiró como si fuera de
masa.
Muy angustiada lo puse sobre una bandeja y corrí a
lo de mi tío Calixto, que es enfermero diplomado y
nos arregla todo. En el camino se me cruzaron todos los fantasmas:
que hubiera perdido la memoria y no me reconociera -las imágenes
que guarda la memoria son frágiles y un golpe en la
cabeza las quiebra como arcilla de alfarero-, que se hubiera
vuelto tonto, o loco de esos que ven cosas en el aire que
nadie ve, que hubiera quedado sordo, o ciego, o solamente
tuerto pero mudo. Por suerte nada de eso pasó.
Mi tío lo zurció y lo vendó -no quise
mirar mientras lo zurcía-. Me lo devolvió despabilado,
con una especie de turbante y las cejas rosadas de merthiolate.
No recetó medicamentos pero me hizo una recomendación
importante: que no lo dejara dormir durante las próximas
tres horas para evitar el riesgo de una conmoción cerebral.
Pasadas las tres horas estaría fuera de peligro.
Lo cargué de vuelta con la mayor delicadeza debido
a su estado; nunca lo había visto tan frágil,
tan necesitado de protección. Me acuerdo que en la
esquina le di un beso y que debajo de] beso caminó
una pulga.
Lejos de tranquilizarme, mi tío me había puesto
en un problema serio. Porque no he hablado todavía
de la otra costumbre de Fernández.
No he dicho que de las veinticuatro horas que tiene el día,
Fernández duerme alrededor de veintiséis. Duerme
sin pausa, con la dedicación de un atleta entrenándose
para las olimpíadas del sueño, duerme para llegar
primero en cualquier maratón de párpados cerrados,
duerme porque se fatiga de tanto dormir. Ni siquiera conoce
el sueño ligero: entra directamente en la cuarta fase
-la de las ondas delta, la más profunda- y ahí
se queda aunque la tierra trepide. Tampoco esto tiene explicación,
al menos científica. Baste saber que duerme como los
próceres de mármol, duerme con el sueño
de abismo de las montañas, duerme como una pirámide,
como un menhir.
¿Cómo mantener despierta semejante cosa? ¿Dónde
estaba el héroe capaz de la hazaña? He ahí
el problema.
Pero en ese momento estaba en juego nada menos que la vida
de Fernández. Y lo digo en singular -la vida- ya que
a fuerza de recibir porrazos creo que de las siete que tenía
al nacer le queda una sola, la que está usando.
Entré a casa con una desagradable sensación
de peligro en el estómago. ¿Qué hacer?
La única solución -me dije- era contarte una
historia lo bastante entretenida como para impedirle conciliar
el sueño; una de esas capaces de arrancar a un oso
de su letargo y encima conseguir que te aplauda. En ese momento
ignoraba -y todavía ignoro- si había historias
-como hay a alimentos- especiales para él; pero ya
inventaría alguna adecuada, o varias, ¿por qué
no? Siempre confié en mis habilidades para contar aunque
hasta el momento nunca las había puesto a prueba en
circunstancias tan dramáticas.
Así pues lo llevé derecho a mi pieza y lo acosté
sobre la almohada. Rápidamente armé un plan:
le contaría tres cuentos, exactamente uno por hora.
Eso fue un jueves entre las cuatro y media y las siete y media
de la tarde. Lo que sigue son esos tres cuentos tal como se
los conté, incluidos algunos comentarios e incidentes
propios del momento.
Como se comprenderá, no tenía más remedio
que improvisar algo pronto. Si me tomaba más de dos
minutos para pensar la historia, Fernández caería
en uno de sus sueños de plomo. -También es cierto
que a veces estas cosas salen mejor cuando uno no las piensa
demasiado.
Recuerdo que me asomé a la ventana buscando inspiración.
Vi pasar un camión de verduras que seguramente descargaría
en el mercado de la esquina, y vi el jardín ornamentado
de mi vecina, la vieja aristocrática, que a esa hora
controlaba desde su azotea los movimientos del barrio.
Tomé aire y me zambullí en la historia de la
primera hora, que intitulé: LA GRAN DUQUESA Y LA PAPA.
INICIO
La
aldovranda en el mercado
La
aldovranda vesiculosa entró en el mercado.
Como
es una planta carnívora, venía a buscar algo
para la cena, así que fue derecho al puesto del carnicero
y se puso en la cola con las otras viejas.
Delante
de ella había una cargando un perro del tamaño
de un monedero, friolento y quejoso. La aldovranda lo miró
con gula. Se relamió.
-¡Qué
lindo perrito! ¡Y qué chiquito! Seguro que hace
pis en un bonsail... -hizo ademán de agarrarlo-. ¿Me
deja que se lo tenga?
La
mujer, horrorizada, escondió el perro en el escote.
La
planta ponía muy nerviosa a la clientela.
Sin
nombrarla directamente, dejaron caer algunos comentarios maliciosos:
-Yo a mis plantas las alimento con agua y abono, no con milanesas...
-¡Si este mundo es una degeneración,
m'hija! ¿No ve que están desapareciendo todos
los gatos del barrio?
La planta, como si oyera llover.
El carnicero la apreciaba. Era una buena clienta y se comía
las moscas del negocio. Ella le sonreía. La simpatía
era mutua.
En cambio, la aldovranda odiaba al verdulero del puesto de
enfrente. ¡Sólo un monstruo podía vender
vegetales para que otros se los comieran! Cada vez que el
hombre pasaba a su lado rumbo a la balanza con los brazos
rebalsando mandarinas, le susurraba al oído: "¡Caníbal!".
El verdulero soñaba con verla hervida.
Pero más la odiaba por todo lo que sucedía después.
Esta vez, como otras veces, la aldovranda empezó con
su rutina:
-¡AY, ESAS TRISTES ZANAHORIAS DESENTERRADAS!
Al rato:
-¡POBRES PEREJILES MUSTIOS! ¡POBRES ESPINACAS
PRISIONERAS!
La gente se puso muy incómoda.
El verdulero miró al carnicero con furia acusadora
por tener semejante cosa entre sus parroquianos. El carnicero
la defendió con el alma en los ojos.
Ella siguió:
-¿CUÁL FUE EL PECADO DE ESOS ZAPALLITOS PARA
QUE LOS ARRANCARAN TIERNOS DE SU MADRE PLANTA?
Arreciaron los comentarios. La cola de la verdulería
defendió al verdulero. La de la carnicería se
sintió en el deber de ser fiel al carnicero aunque
la aldovranda no fuera santa de su devoción.
Discutieron. Se juntó más gente, que tomaba
partido por uno u otro bando.
-¡Hagan callar a ésa! -gritaron los verdes apuntando
a la planta.
-¡La
gente tiene derecho a opinar! -retrucaron los otros.
A todo esto la aldovranda papaba moscas y aullaba:
-¡INFELICES REMOLACHAS MANIATADAS, ALGúN DíA
LES LLEGARÁ LA LIBERTAD!
El
verdulero avanzó como para apretarle el pescuezo. Lo
sujetaron entre varios.
-¡No se meta con mis clientas! -bramó el carnicero.
-¡Vivan las proteínas! ¡Arriba el asado
con cuero! -respondieron sus leales, y arrancaron con un malambo.
Una mujer contó a voz en cuello cómo se había
hecho vegetariana el día que sono que comía
una vaca viva entre dos rodajas de pan. Lloró a mares
recordando cómo la miraba la vaca. Muchos la apoyaron
con gritos de "¡Aguante la fruta!", "¡Vitaminas
sí, otras no!". La discusión se hizo tan
violenta que algunos llegaron a las manos.
La aldovranda vociferó:
-¡PELADAS, CORTADAS, HERVIDAS Y APLASTADAS! ¡QUÉ
DESTINO EL DE LAS PAPAS!
Entonces se produjo el desbande.
Unos se fueron a sus casas protestando porque cada vez que
aparecía la planta se armaba el mismo pandemónium.
Otros se quedaron para ver una vez más el gran duelo:
el carnicero y el verdulero frente a frente, uno con la sierra
de separar costillas y el otro con la de cortar zapallo.
En medio del mercado, como dos gladiadores del futuro, quedaron
trenzados en combate feroz. El destello azul de las sierras
al cruzarse iluminaban la ganchera en la penumbra del atardecer.
Entre los alaridos de los dos ninjas, se oyó la voz
de la aldovranda:
-¡HERMANAS VERDURAS, VOLVERÉ!
Y se fue. Esta vez con una pierna de cordero porque a la noche
tenía visitas.
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